Casas en los árboles

CASAS EN LOS ARBOLES EL BLOG DE MARIA FERNANDEZ DOBAO

Pasar unos días en unas casas en los árboles fue la idea que se me ocurrió el año pasado para difrutar de unos días de vacaciones con mis tres sobrinos. Era la primera vez que nos íbamos los cuatro solos de viaje y quería algo especial, diferente; no les comuniqué el destino hasta pocos kilómetros antes de llegar, solo les dije que metieran en la maleta bañador y ropa cómoda, que era plan más de campo que de ciudad. Creo que nunca olvidaré la reacción cuando les dije que íbamos a dormir en unas casas en los árboles, emoción máxima.

Elegí unas cabañas en Extremadura que, por supuesto, recomiendo. No quiero desvelar algunos aspectos estupendos de la estancia para que te sorpendan si vas algún día, pero sí te digo que la estancia fue maravillosa. Los dueños son encantadores, lo hacen todo agradable y fácil, prestan un servicio magnífico y las instalaciones son muy buenas. Las cabañas cuentan con todas las comodidades, tuvimos la suerte de conocer dos de ellas, cada una con su estilo, ideales y amplias las dos.

Además de las cabañas y de las instalaciones, disfrutamos mucho del entorno gracias a las recomendaciones que los dueños nos hicieron. En la zona hay increíbles piscinas naturales y unos pueblos con mucho encanto, como Robledillo de Gata. Contactamos también gracias a ellos con José, de «Mi sierra de Gata», que organiza fantásticas actividades. Elegimos visitar con él una quesería, en la que pudimos ordeñar a las cabras y conocer todo el proceso de elaboración del queso. Una mañana inolvidable.

Fueron unos días, justo hace ahora un año, realmente fantásticos. Días en familia de disfrute máximo, de contacto con la naturaleza, de descubrimiento de nuestro país, que tanto tiene que ofrecernos, de juegos, de charlas, de chapuzones. Este verano no nos vamos de viaje juntos, pero sé que esa expriencia ha quedado en nosotros para toda la vida.

María

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TIERRA SANTA

Tierra Santa El blog de Maria Fernandez Dobao

Hace poco más de una semana volví de Tierra Santa. Emprendí la peregrinación, que no viaje turístico, con la intención de escribir cada noche lo vivido durante el día, pero el cansancio y la intensidad de las emociones me lo impidieron. Aún hoy, una semana después, creo que no voy a ser capaz de reflejar por escrito lo que ha supuesto este viaje. Simplemente hay que vivirlo, y cada uno lo vive de manera diferente.

Este viaje era una deuda que tenía. No sabía cuándo podría llevarlo a cabo, ni se me había pasado por la cabeza que fuera ahora, pero estoy convencida de que ha surgido en el momento adecuado y de manos de la persona adecuada. Sin él, y sin ninguna de las personas que hemos emprendido esta peregrinación, no hubiera sido igual. Un grupo de 25 personas, la mayoría entre los 20 y los 30 años, y los que ya pasamos esas décadas con su mismo espíritu de juventud. No nos han frenado ni el calor, ni los kilómetros ni las adversidades surgidas; él, ellos y Él han hecho de esta peregrinación una experiencia inolvidable que, sin duda, queda integrada en mi vida como referencia y motor para seguir siempre adelante.

No quiero hacer spoiler, como se dice ahora, porque conozco gente que va a ir dentro de poco, solo quiero reflejar, aunque sea mínimamente, algo de lo vivido y el agradecimiento infinito por esta oportunidad. 25 personas de las cuales solo conocía a una, 25 peronas muy diferentes conviviendo una semana, 25 personas cada una con su historia a cuestas, 25 personas unidas por la Fe. Comentaba el otro día con uno de los chicos del grupo, un ser absolutamente excepcional, que hemos sobrevivido una semana sin móviles, sin ordenadores, sin tecnología, sin redes sociales, simplemente hablando, escuchando y rezando, y también riendo, llorando y respetando el silencio.

He llorado muchísimo, sintiéndome totalmente libre para hacerlo y respetada en cada momento, sin agobios, sin preguntas, con la mano, la mirada, el silencio o el abrazo necesario en cada ocasión. He reído a diario como no me imaginaba, manifestación de la alegría imperante en el grupo. He rezado de la mañana a la noche, en la Misa de cada día, la Adoración, el Vía Crucis, los Santos Lugares, el Rosario…, ¡hasta en el autobús!; reconozco que nunca había rezado tanto en tan poco tiempo, y reconozco ahora más que nunca el poder de la oración: algo se mueve y algo te mueve. Al volver, me he sorprendido a mí misma con ganas de más.

He tenido la suerte de renovar las promesas del Bautismo en el Jordán, momento indescriptible, con quien mejor podía hacerlo. He sentido el silencio inmenso y penetrante del lago Tiberíades y del desierto del Judea, me he encogido con la Salve en un lugar que, a priori, no decía nada, y me he emocionado en otros donde la evidencia es innegable; me he sorprendido con la presencia y convivencia de diferentes religiones, rezando el Ángelus a la vez que se escuchaba la llamada a la oración de los musulmanes y pasaban judíos, ortodoxos y armenios por nuestro lado; he comprendido y compartido la congoja de los que acuden al Muro de las Lamentaciones; he disfrutado como una niña en el Mar Muerto y hasta he cantado villancios en pleno mes de julio en la Gruta de los Pastores. He conocido personas que, seguramente, de otro modo no se hubieran cruzado en mi camino y a las que me une una experiencia que ninguno podremos olvidar.

Peregrinar a Tierra Santa supone un antes y un después. Peregrinar a Tierra Santa supone un viaje que no acaba cuando coges el avión de regreso.

María 

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Tierra Santa 2019
Peregrinación a Tierra Santa 2019. Último día, en el Santo Sepulcro.

Fragilidad

Fragilidad El blog de María

Llevo varios meses con la idea de escribir sobre la fragilidad, concretamente tres: la tarde del 15 de abril, cuando se incendió la Catedral de Notre Dame de París, tomé conciencia, una vez más, de la fragilidad de lo que nos rodea y de nosotros mismos. La catedral de París, símbolo de un país y de una religión, que ha sobrevivido a siglos de historia y a diferentes guerras, aparentemente indestructible, hecha cenizas. Me impactó, me impactó mucho.

Desde entonces le doy vueltas porque, además de la destrucción de la catedral, observo más de lo que me gustaría la fragilidad de la vida. La catedral era una obra de arte, un ejemplo de arquitectura, un lugar sagrado, un edificio cargado de simbolismo, algo tangible y a la vez espiritual, pero ¿la vida, qué es la vida? Una cerilla, una chispa, un cortocircuito, un cable pudo acabar con la catedral del mismo modo que una enfermedad o un accidente pueden acabar con la vida de la noche a la mañana, incluso en menos tiempo, y no nos enteramos…

En estos meses se han ido para siempre personas relativamente cercanas a mí, algunas prácticamente de mi edad, y a otras les han sorprendido enfermedades muy graves. Muertes repentinas, otras esperadas, y enfermedades que nos recuerdan, porque no acabamos de aprenderlo, que ahora estás aquí y que dentro de cinco minutos puedes no estar, que ahora estás bien pero no estás libre de que te pase nada. Y, como se nos olvida, la vida nos lo recuerda constantemente, pero seguimos sin enterarnos, perdiéndonos en excusas para no vivir sin darnos cuenta de que lo que estamos perdiendo es la vida.

Hoy estás bien y mañana estás roto. Fragilidad. Fragilidad física y fragilidad emocional. Reflexiono hoy sobre la fragilidad de la vida, y me siento afortunada por haber aprendido a vivir. La vida a veces se nos rompe, y la vida se nos va. Mientras tanto vivamos, pero de verdad.

María

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Fin de curso

Fin de curso - El blog de Maria Fernandez Dobao

El fin de curso ya está aquí. Todo el año pensando que el útimo trimestre era muy corto y pasaría volando, pero la verdad es que las últimas semanas han costado un poco: exámenes, audiciones, ensayos, calentamientos, funciones, pruebas de acceso, graduaciones… Todo esto hace que el trabajo se viva más intensamente porque las emociones están a flor de piel.

Emoción es lo que he sentido la tarde del jueves y del viernes viendo a los alumnos bailar en los Premios Extraordinarios y en la Graduación, y emoción es lo que sentí al verles en el Primer Certamen Coreográfico, la Gala de Fin de Curso y ayer al despedirme de ellos. Al final estos pequeños, y los que no lo son tanto, acaban formando parte de nuestras vidas. Muy orgullosa de los alumnos de las Enseñanzas Elementales, estoy segura de que me «odian» por todo lo que les mando callar, todo el día con el «no se grita», pero ha sido maravilloso ver el resultado de tanto trabajo llevado a cabo por el maestro y por ellos durante todo el curso. Muy orgullosa también de los alumnos de Enseñanzas Profesionales, sobre todo de «mis niñas» mayores, con las que tanto he compartido. Muchas horas juntas, mucho trabajo, muchas sonrisas cuando toco una canción que les gusta y mucho agradecimiento cuando atiendo sus peticiones; en definitiva, mucha música, mucha danza y mucha vida. Ayer casi me hacen llorar.

Me siento muy afortunada por haber trabajado este año en el Conservatorio Profesional de Danza «Carmen Amaya». He tenido la suerte de trabajar con maestros estupendos, tanto los ya conocidos, a los que siempre es un placer acompañar, como los que eran nuevos para mí, con los que he formado un buen equipo en clase. Ha sido un placer reencontrarme con compañeros y conocer otros nuevos, así como acompañar diferentes asignaturas, incluso participar en algo tan maravilloso como Música en Vena (Danza en Vena, en este caso), todo ha contribuido al enriquecimiento personal y profesional.

Ya han terminado las clases y el fin de curso está aquí. Se ha pasado volando, dicen que es por la edad, yo creo que es por estar a gusto. Mi agradecimiento a todo el personal docente y no docente que forma parte del Conservatorio, ojalá volvamos a coincidir. ¡Hasta pronto!

María

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