Fragilidad

Llevo varios meses con la idea de escribir sobre la fragilidad, concretamente tres: la tarde del 15 de abril, cuando se incendió la Catedral de Notre Dame de París, tomé conciencia, una vez más, de la fragilidad de lo que nos rodea y de nosotros mismos. La catedral de París, símbolo de un país y de una religión, que ha sobrevivido a siglos de historia y a diferentes guerras, aparentemente indestructible, hecha cenizas. Me impactó, me impactó mucho.

Desde entonces le doy vueltas porque, además de la destrucción de la catedral, observo más de lo que me gustaría la fragilidad de la vida. La catedral era una obra de arte, un ejemplo de arquitectura, un lugar sagrado, un edificio cargado de simbolismo, algo tangible y a la vez espiritual, pero ¿la vida, qué es la vida? Una cerilla, una chispa, un cortocircuito, un cable pudo acabar con la catedral del mismo modo que una enfermedad o un accidente pueden acabar con la vida de la noche a la mañana, incluso en menos tiempo, y no nos enteramos…

En estos meses se han ido para siempre personas relativamente cercanas a mí, algunas prácticamente de mi edad, y a otras les han sorprendido enfermedades muy graves. Muertes repentinas, otras esperadas, y enfermedades que nos recuerdan, porque no acabamos de aprenderlo, que ahora estás aquí y que dentro de cinco minutos puedes no estar, que ahora estás bien pero no estás libre de que te pase nada. Y, como se nos olvida, la vida nos lo recuerda constantemente, pero seguimos sin enterarnos, perdiéndonos en excusas para no vivir sin darnos cuenta de que lo que estamos perdiendo es la vida.

Hoy estás bien y mañana estás roto. Fragilidad. Fragilidad física y fragilidad emocional. Reflexiono hoy sobre la fragilidad de la vida, y me siento afortunada por haber aprendido a vivir. La vida a veces se nos rompe, y la vida se nos va. Mientras tanto vivamos, pero de verdad.

María

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