Sin propósitos

Empiezo a escribir aun a riesgo de que que la entrada resulte políticamente incorrecta o yo una rancia, pero lo cierto es que ni he hecho balance del año que ha terminado ni tengo ningún propósito de año nuevo. No, hace tiempo que decidí no hacer propósitos por el simple hecho de que el calendario cambie de año, no me gusta el valor tan condicionante que le damos a las fechas.

Llegué a la conclusión de que los propósitos no me servían de mucho, me resuta más útil hacer, actuar. Los propósitos acababan condicionando mi libertad, impidiéndome hacer otras cosas que me harían sentir mejor. He aprendido a valorar mi tiempo, a confiar en mí y en mis decisiones y a establecer prioridades, y eso es lo que me va indicando el ritmo y la actividad de cada día. En función de eso hago, en función de eso actúo, y evito que los propósitos se queden en buenas intenciones, que de poco valen. Por ejemplo: en septiembre me fijé tres propósitos: dedicar la tarde de los martes a estudiar, la mañana de los domingos a escribir y gastar menos en regalos. No he cumplido ninguno de los tres, ¿por qué?, porque la motivación quizá no era la suficiente, porque, en general, no me gustan las cosas por obligación, porque quiero sentirme libre para organizar mi tiempo y mi dinero, porque mi prioridad esos días ha podido ser descansar, ver amigos o vete a saber qué, porque me pueden las ganas de regalar aunque mi cuenta no remonte. Sin embargo, desde septiembre he conseguido cosas buenas para mí sin proponérmelo, simplemente haciendo. Por ejemplo, hacer ejercicio casi a diario: no me lo propuse, simplemente lo hice porque lo sentía así, sin pensarlo antes, me levanté un día y me subía a la bici. Y lo mantengo porque me hace sentir bien, conviriténdose en una prioridad, pero con la cabeza suficiente para colocarlo en su justo lugar y evitar que sea una obligación que pese más que aporte.

Estos son días, como después de verano, en que oyes esos propósitos de estudiar inglés, ir al gimnasio, ahorrar, organizarse mejor, leer más, etc., pienso “no te lo propongas, simplemente hazlo” y, sobre todo, haz lo que te haga sentir bien. Cada vez soy menos partidaria de forzar, ni relaciones, ni actividades, ni situaciones, ni nada. Cada vez me muevo más por lo que siento.

Realmente he comenzado esta entrada mintiendo, no es verdad que no tenga ningún propósito, sí tengo uno: vivir. O, mejor dicho, seguir viviendo, porque eso es una actitud diaria que no cambia porque pase la hoja del calendario o de la agenda. Seguir viviendo, con todo lo que eso implica. Soy afortunada por todo lo que he ido aprendiendo, sobre todo en los últimos años, que me ha llevado a vivir intensamente con amor, con dolor, con risas, con llantos, con confianza, con desesperación, con asombro, con aceptación, con nerviosismo, con serenidad…; con todos los colores que la propia naturaleza nos da, porque la vida es eso, no es ni blanco ni negro, ni mucho menos de color de rosa, la clave está en apreciar la virtud de cada color.

María 

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Una respuesta a “Sin propósitos”

  1. Demasiadas obligaciones, demasiados propósitos, el día a día te lleva a establecer prioridades. Listas sí, sobre todo por el placer de indicar las realizadas. Pero eso no son propósitos, son hechos en sí.

    A vivir y disfrutar que demasiadas obligaciones nos imponen a veces ajenas a nosotros.

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