Septiembre

Septiembre olía a tierra mojada, se veía con la luz que anunciaba el fin del verano y se sentía con fresquito por la mañana. Septiembre era el mes de la vuelta al cole, de tardes de aironfix forrando libros y de reencuentros. Septiembre era el mes de cambiar las chanclas por los zapatos y de probarse los uniformes. Y, sobre todo, septiembre era el mes de las celebraciones familiares, de infinitos cumpleaños que nos introdujeron en la buena costumbre de celebrar siempre la vida. Septiembre era un mes de fiestas que amortiguaba lo que ahora se llama “síndrome post-vacacional”, transcurría en un continuo de celebraciones que apenas daba respiro a la economía y al estómago, pero que vivíamos con gran entusiasmo.

Anoche hubo tormenta en Madrid. El olor que entraba por la ventana, colándose por los pliegues de los visillos, me hizo recordar todo aquello; pocos olores hay que me gusten tanto y me transporten a escenarios tan queridos y recordados. Veranos de hortensias, pendientes de la reina y claveles chinos, de circuitos en bicicleta y de noches de escondite, de interminables partidas de Monopoly y Continental y del sonido de esa campana que anunciaba que alguien había llegado. Quizá debería escribir algún día sobre ello y no solo sobre este mes que acaba de empezar.

Ahora septiembre se presenta de otra manera, la incertidumbre ha ganado terreno a la seguridad y la independencia a la convivencia, pero hay cosas que permanecen inmutables, como ese olor a tierra mojada y esas ganas de celebrar la vida. Vamos a por él, ¡bienvenido, septiembre!

María

 
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