Sin propósitos

Propósitos de año nuevo - El blog de María Fernández Dobao

Empiezo a escribir aun a riesgo de que que la entrada resulte políticamente incorrecta o yo una rancia, pero lo cierto es que ni he hecho balance del año que ha terminado ni tengo ningún propósito de año nuevo. No, hace tiempo que decidí no hacer propósitos por el simple hecho de que el calendario cambie de año, no me gusta el valor tan condicionante que le damos a las fechas.

Llegué a la conclusión de que los propósitos no me servían de mucho, me resuta más útil hacer, actuar. Los propósitos acababan condicionando mi libertad, impidiéndome hacer otras cosas que me harían sentir mejor. He aprendido a valorar mi tiempo, a confiar en mí y en mis decisiones y a establecer prioridades, y eso es lo que me va indicando el ritmo y la actividad de cada día. En función de eso hago, en función de eso actúo, y evito que los propósitos se queden en buenas intenciones, que de poco valen. Por ejemplo: en septiembre me fijé tres propósitos: dedicar la tarde de los martes a estudiar, la mañana de los domingos a escribir y gastar menos en regalos. No he cumplido ninguno de los tres, ¿por qué?, porque la motivación quizá no era la suficiente, porque, en general, no me gustan las cosas por obligación, porque quiero sentirme libre para organizar mi tiempo y mi dinero, porque mi prioridad esos días ha podido ser descansar, ver amigos o vete a saber qué, porque me pueden las ganas de regalar aunque mi cuenta no remonte. Sin embargo, desde septiembre he conseguido cosas buenas para mí sin proponérmelo, simplemente haciendo. Por ejemplo, hacer ejercicio casi a diario: no me lo propuse, simplemente lo hice porque lo sentía así, sin pensarlo antes, me levanté un día y me subía a la bici. Y lo mantengo porque me hace sentir bien, conviriténdose en una prioridad, pero con la cabeza suficiente para colocarlo en su justo lugar y evitar que sea una obligación que pese más que aporte.

Estos son días, como después de verano, en que oyes esos propósitos de estudiar inglés, ir al gimnasio, ahorrar, organizarse mejor, leer más, etc., pienso “no te lo propongas, simplemente hazlo” y, sobre todo, haz lo que te haga sentir bien. Cada vez soy menos partidaria de forzar, ni relaciones, ni actividades, ni situaciones, ni nada. Cada vez me muevo más por lo que siento.

Realmente he comenzado esta entrada mintiendo, no es verdad que no tenga ningún propósito, sí tengo uno: vivir. O, mejor dicho, seguir viviendo, porque eso es una actitud diaria que no cambia porque pase la hoja del calendario o de la agenda. Seguir viviendo, con todo lo que eso implica. Soy afortunada por todo lo que he ido aprendiendo, sobre todo en los últimos años, que me ha llevado a vivir intensamente con amor, con dolor, con risas, con llantos, con confianza, con desesperación, con asombro, con aceptación, con nerviosismo, con serenidad…; con todos los colores que la propia naturaleza nos da, porque la vida es eso, no es ni blanco ni negro, ni mucho menos de color de rosa, la clave está en apreciar la virtud de cada color.

María 

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Adviento

El blog de María Fernández Dobao - Adviento

El próximo domingo, día 2, es el primer domingo de Adviento. El Adviento es un tiempo de preparación para el nacimiento de Cristo, su nombre viene del latín “adventus”, que significa “venida”.
Mi madre siempre me compraba el calendario de Adviento, con mucha ilusión abría cada día la ventanita correspondiente, desde el 1 hasta el 24 de diciembre, esperando la chocolatina que allí aguardaba. Desde hace semanas los comercios nos muestran todo tipo de innovaciones en adornos y calendarios, los clásicos de chocolatinas empiezan a parecer una antigualla al lado de los que te ofrecen un producto de cosmética cada día, y raro es el calendario que hace referencia a la espera del nacimiento del niño Jesús, la mayoría tiene dibujos de Papá Noel. He visto algún calendario que muestra a los Reyes Magos y dura hasta el día 6, pero entonces deja de ser de Adviento.

El caso es que este año, empeñada en un calendario de Adviento diferente y con sentido, al menos para mí, mi imaginación se ha puesto en funcionamiento para dar forma a mi idea. El resultado es el que ves en la foto, muy rudimentario quizá, pero lleno de amor.
Sobre un corcho he pegado una lámina de fieltro, y sobre la lámina un mensaje que no se podrá ver hasta que no se quiten todos los sobres que hay encima. De cinco cuerdas penden 24 sobres, cada uno con su correspondiente día, y dentro de ellos un mensaje y un “premio”. Los 24 mensajes son esas cosas de las que hablaba en el post de la semana pasada, esas que a veces despreciamos o no valoramos pero que contienen momentos de felicidad, esas a las que no damos importancia o a las que dejamos que venza la pereza pero que, sin duda, hacen la vida mejor y también nos hacen mejores personas. Cosas tan simples, que no siempre sencillas, como no enfadarse en un día, ir a ver a la Virgen, cocinar juntos, pedir perdón a alguien a quien hayamos hecho daño, dar gracias a Dios por diez cosas, decir “te quiero” de corazón o enviar cinco felicitaciones de Navidad. Pequeños detalles que hacen grande el día a día y que conviene no perder, de hecho, recomiendo guardarlos en un bote y sacar un papelito de vez en cuando para recordarlos y seguir en el camino de ser mejores personas.

Qué mejor momento que el Adviento, que la espera, para reflexionar y prepararnos para llegar limpios, con plenitud y un corazón mejor al nacimiento del que, por nosotros, dio su propia vida.

María

 
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El cuidador

Día del Cuidador - el blog de María Fernández Dobao

El lunes escuché en la radio que era “El día del cuidador” y pensé en escribir sobre ello al llegar a casa, el caso es que hasta ahora no he podido sentarme a plasmar lo que pienso al respecto.
Los cuidadores, los remunerados y los no remunerados, son dignos de una total admiración por mi parte. Y hablo con conocimiento de causa. En un momento determinado de mi vida surgió la necesidad de contratar una cuidadora, Emi fue primero y Eli después, y a ambas les estaré eternamente agradecida por cómo trataron a mi madre, por sus esmerados cuidados, por su atención y, sobre todo, por su cariño.

Pero quiero hablar, sobre todo, de mi experiencia como cuidadora. Puede parecer incomprensible desde un punto de vista práctico o racional, pero para mí, ser cuidadora ha sido uno de los mejores regalos que me ha hecho la vida. Y doy gracias a Dios por ello. Supuso la oportunidad de devolver al menos una mínima parte de lo que me había sido dado, reconozco que en un primer momento no pensé en eso, el impulso de cuidar llegó a la vez que el diagnóstico, la pasión, ese lado irracional que sale directamente del corazón no dudó en decir, sin palabras y sin buscar una razón, “siempre a tu lado”.

Mi vida cambió porque así lo quise, quizá dejó de corresponderse con la de la mayoría de las chicas de mi edad, pero sin duda era la vida que, en ese momento, yo quería llevar. Hubo momentos durísimos, la situación en sí era objetivamente dura, pero las fuerzas salen de no sabes dónde, y la plenitud que puedes llegar a sentir por un amor entregado de un modo absolutamente desinteresado, amor en estado puro, es inmensa.
Me convertí en madre sin serlo, en enfermera, en chófer, en psicóloga, en organizadora, en secretaria y en todo lo que conlleva procurarle a alguien una vida más digna y fácil. No soy de las que cree que el amor todo lo puede, pero sí que facilita y hace posible cosas como esta, porque sin la fuerza del amor imagino esta labor como imposible.

Cuidar es un desgaste físico y emocional que no siempre es percibido en su dimensión por el entorno, es una actividad que no entiende de horas ni de festivos ni de vacaciones y que, en muchas ocasiones, dura años. Cuidar es, en cierto modo, una actividad de riesgo que puede derivar en “el síndrome del cuidador”. Dar amor es gratificante, cuidar a quien más quieres también, pero hay que reconocer las dificultades a las que se enfrenta el cuidador y la dureza de determinados momentos, situaciones y decisiones que debe tomar. Por eso es importante que el cuidador se cuide a todos los niveles y que sea cuidado por los demás. Yo también tuve esa suerte.

A ser cuidador nadie te enseña, pero ser cuidador te enseña mucho: humildad, amor, agradecimiento, paciencia, relativizar, priorizar, etc. Todo mi apoyo a los cuidadores, no les tengamos en cuenta únicamente cuando se celebra “El día del cuidador”, seamos agradecidos y cuidémosles porque, gracias a ellos, vivimos todos mejor.

María

 
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Cuestión de educación

El blog de María Fernández Dobao - Cuestión de educación

La gratitud ennoblece, la ingratitud envilece“. Esta publicación de del #refraneroprotocolero que María Gómez generosamente comparte en su blog, Protocolo con Corsé, ha sido mi fuente de inspiración para la entrada de esta semana. Más bien ha sido el empujón para sentarme a escribir sobre algo que desde hace tiempo me ronda: la mala educación o la falta de ella.

Según me enseñaron, y según considero, hay dos aspectos que podrían situarse en el nivel básico de educación y que gran parte de la población no tiene asimilados: saludar y dar las gracias. Esto último, además, me parece un acto de justicia: recibes y das. Desde hace tiempo observo con asombro la falta de agradecimiento en ocasiones tan obvias como la recepción de un regalo, una visita, un detalle, un favor o una invitación. Me quedo perpleja y me pregunto si evitar “por favor” y “gracias” responde a una actitud de soberbia por la otra parte, de desprecio o, sencillamente, de mala o nula educación. En casa me enseñaron que “es de bien nacido ser agradecido” y procuro serlo, por educación, por respeto, por la belleza que esconde la palabra “gracias” y porque así me siento mejor.

En cuanto a los saludos, reconozco que el problema lo veo en los más jóvenes, quizá por mi continuo contacto con ellos al dedicarme a la enseñanza. Siempre que me cruzo con ellos en la escalera o en el pasillo digo “hola” y prácticamente nunca recibo respuesta, y más grave me parece aún cuando entro en clase: no solo no responden al saludo, ni siquiera se inmutan la mayoría de ellos. Me parece bastante preocupante. En dos semanas de curso ya he llamado la atención a unos cuantos por este tema, deben odiarme, pero creo que no se puede trabajar en un centro educativo y permanecer en silencio ante estas faltas.

Seguiré defendiendo la buena educación y continuaré empeñándome en ella. Me siento muy orgullosa de la que he recibido por parte de mis padres y de mis profesores y, aunque parece no estar de moda, no voy a dejar de saludar ni de dar las gracias, ni de considerar que se debe dejar salir antes de entrar, ceder el asiento a personas mayores, descubrirse la cabeza al entrar en un sitio cerrado, colocar las manos encima de la mesa, etc.

Llamadme anticuada, pero con educación todo es más fácil y mejor.

María

 
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