TIERRA SANTA

Hace poco más de una semana volví de Tierra Santa. Emprendí la peregrinación, que no viaje turístico, con la intención de escribir cada noche lo vivido durante el día, pero el cansancio y la intensidad de las emociones me lo impidieron. Aún hoy, una semana después, creo que no voy a ser capaz de reflejar por escrito lo que ha supuesto este viaje. Simplemente hay que vivirlo, y cada uno lo vive de manera diferente.

Este viaje era una deuda que tenía. No sabía cuándo podría llevarlo a cabo, ni se me había pasado por la cabeza que fuera ahora, pero estoy convencida de que ha surgido en el momento adecuado y de manos de la persona adecuada. Sin él, y sin ninguna de las personas que hemos emprendido esta peregrinación, no hubiera sido igual. Un grupo de 25 personas, la mayoría entre los 20 y los 30 años, y los que ya pasamos esas décadas con su mismo espíritu de juventud. No nos han frenado ni el calor, ni los kilómetros ni las adversidades surgidas; él, ellos y Él han hecho de esta peregrinación una experiencia inolvidable que, sin duda, queda integrada en mi vida como referencia y motor para seguir siempre adelante.

No quiero hacer spoiler, como se dice ahora, porque conozco gente que va a ir dentro de poco, solo quiero reflejar, aunque sea mínimamente, algo de lo vivido y el agradecimiento infinito por esta oportunidad. 25 personas de las cuales solo conocía a una, 25 peronas muy diferentes conviviendo una semana, 25 personas cada una con su historia a cuestas, 25 personas unidas por la Fe. Comentaba el otro día con uno de los chicos del grupo, un ser absolutamente excepcional, que hemos sobrevivido una semana sin móviles, sin ordenadores, sin tecnología, sin redes sociales, simplemente hablando, escuchando y rezando, y también riendo, llorando y respetando el silencio.

He llorado muchísimo, sintiéndome totalmente libre para hacerlo y respetada en cada momento, sin agobios, sin preguntas, con la mano, la mirada, el silencio o el abrazo necesario en cada ocasión. He reído a diario como no me imaginaba, manifestación de la alegría imperante en el grupo. He rezado de la mañana a la noche, en la Misa de cada día, la Adoración, el Vía Crucis, los Santos Lugares, el Rosario…, ¡hasta en el autobús!; reconozco que nunca había rezado tanto en tan poco tiempo, y reconozco ahora más que nunca el poder de la oración: algo se mueve y algo te mueve. Al volver, me he sorprendido a mí misma con ganas de más.

He tenido la suerte de renovar las promesas del Bautismo en el Jordán, momento indescriptible, con quien mejor podía hacerlo. He sentido el silencio inmenso y penetrante del lago Tiberíades y del desierto del Judea, me he encogido con la Salve en un lugar que, a priori, no decía nada, y me he emocionado en otros donde la evidencia es innegable; me he sorprendido con la presencia y convivencia de diferentes religiones, rezando el Ángelus a la vez que se escuchaba la llamada a la oración de los musulmanes y pasaban judíos, ortodoxos y armenios por nuestro lado; he comprendido y compartido la congoja de los que acuden al Muro de las Lamentaciones; he disfrutado como una niña en el Mar Muerto y hasta he cantado villancios en pleno mes de julio en la Gruta de los Pastores. He conocido personas que, seguramente, de otro modo no se hubieran cruzado en mi camino y a las que me une una experiencia que ninguno podremos olvidar.

Peregrinar a Tierra Santa supone un antes y un después. Peregrinar a Tierra Santa supone un viaje que no acaba cuando coges el avión de regreso.

María 

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Tierra Santa 2019
Peregrinación a Tierra Santa 2019. Último día, en el Santo Sepulcro.
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